La Cara B

 

Fotografía aparecida en la prensa mostrando los rostros representados en el frontal (izquierda) y dorso (derecha) de la Sábana Santa de Turín.

Fue en 1979 cuando el padre Francis Filas, uno de los más destacados estudiosos de la Sábana Santa, anunció a un grupo de sus colegas su sensacional descubrimiento: estudiando mediante un microscopio electrónico los ojos de la figura retratada en el Sudario de Turín había logrado captar la imagen de un leptón, una moneda romana del siglo I d. C. “Aquí pueden ver ustedes la inscripción del leptón”, dijo alborozado señalando la fotografía proyectada en la pantalla de la sala de conferencias.

“Sí, y un poco más arriba, a la izquierda, puede verse también al Pato Donald”, contestó uno de los presentes.

La sindonología suele definirse como el estudio científico de la Sábana Santa de Turín. Una definición, sin embargo, inexacta, puesto que en ella no se cita uno de los elementos esenciales de la disciplina: que ese estudio debe realizarse siempre desde la fe más absoluta en la autenticidad de la reliquia. Casos como el del Dr. Walter McCrone, expulsado del equipo científico del STURP (“Shroud of Turin Research Project”) por haber tenido la osadía de descubrir que la “sangre” del lienzo era en realidad un pigmento medieval, muestran bien a las claras cómo reacciona la comunidad sindonológica ante cualquier atisbo de duda.

Por supuesto, una disciplina que no investiga para conocer hechos, sino para confirmar unas creencias apriorísticas, es altamente sospechosa de incurrir en la llamada “ciencia patológica”. Una sospecha que confirman las reacciones ante los descubrimientos contradictorios con esas creencias, que se niegan, se atribuyen a misteriosos fallos y errores de la metodología empleada, o simplemente se achacan a una maliciosa conspiración pro atea y anticatólica. Y una confirmación, en fin, que se ve corroborada por los “descubrimientos” realizados por los sindonólogos: basados en apreciaciones puramente subjetivas o en procedimientos y métodos cuanto menos dudosos y, como era de esperar, siempre confirmatorios de la autenticidad de la Sábana.

Aunque a veces esta “confirmación” resulte de lo más extravagante. El descubrimiento del leptón del padre Filas lo fue: sus agudísimos ojos fueron capaces de ver no sólo el cayado grabado en el leptón, sino también las letras UCAI, que formarían parte de la inscripción “TIBERIOU CAISAROS”.

En realidad, pocas personas más han podido ver semejante cosa, y un examen de las fotografías del padre Filas sólo parece mostrar un conjunto informe de manchas que sólo la más inquebrantable fe puede identificar como la espiral del cayado o las letras de la inscripción (o el Pato Donald, como decía el anónimo sindonólogo). Además, incluso hay datos que parecen refutar la hipótesis: ni los judíos empleaban la costumbre pagana de colocar monedas sobre los párpados de los cadáveres, ni los leptones pesaban lo suficiente como para mantener los ojos cerrados, ni tenían la inscripción “CAISAROS”, sino “KAICAPOC”, escrita en alfabeto griego. Claro que para todo tienen solución los devotos de la Sábana: en cuanto a los enterramientos judíos, citan el caso de una necrópolis de Jericó en la que apareció un cadáver con dos monedas de mediados del siglo I en el interior del cráneo, ejemplo único que –de ser cierto- les basta y les sobra para considerar confirmado que los judíos también cerraban los ojos de sus difuntos con monedas. Respecto a la inscripción, aseguran que este leptón en concreto tenía un error de acuñación, una errata que, aseguran, es bien conocida en círculos numismáticos. Y en cuanto a que los leptones pesaban demasiado poco como para mantener cerrados los párpados, no dicen nada, pero seguramente lo achacarán a la tópica racanería de los judíos, que les impediría utilizar monedas de más valor.

En fin, que el descubrimiento del padre Filas parece situarse más bien en el mismo grupo que los “rayos N”, los canales de Marte y tantos y tantos otros casos en los que las ganas de ver algo se han impuesto incluso por encima de la dura realidad. En cualquier disciplina verdaderamente científica, las afirmaciones del padre Filas hubiesen sido recibidas con reacciones que van desde un “yo no veo nada” hasta un “pobrecillo, el abuelo ya chochea”. Pero estamos hablando de la sindonología, y aquí ocurre justamente lo contrario: no sólo nadie pone en duda el descubrimiento (bueno, con la excepción del tipo que dijo lo del Pato Donald), sino que el método ha creado escuela.

Así, en 1995 se anunció que científicos del Institut d’Optique de Paris habían descubierto una serie de inscripciones en la Sábana. A decir verdad no fueron los primeros en descubrir que allí había algo escrito: más o menos en la misma época en que el padre Filas veía la inscripción del leptón, el químico Piero Ugolotti aseguró haber visto lo que parecían algunas letras latinas y arameas. Pero el Institut d’Optique no se paró ahí, y detectó tal cantidad de inscripciones que aquello, más que un sudario, parece la pared de un aseo público. El aseo público de un aeropuerto internacional, porque los “grafiti” están en varios idiomas: arameo, griego y latín. Para los descubridores, las letras dicen cosas como “in necem”, en latín, o “pezo”, en griego, aunque la noticia ha experimentado la evolución típica de este tipo de afirmaciones extraordinarias, y no falta quien ha llegado a decir que en la Sábana hay referencias a “Tiberius Caesar” y hasta a “Iesus Nazarenus”. Que sepamos, hasta ahora nadie ha dicho que ponga también “el Pato Donald estuvo aquí”, pero todo se andará.

Y así llegamos a este año de gracia de 2004, en el que los descubrimientos sindonológicos han dado un paso adelante. Hasta ahora, los infatigables investigadores habían escudriñado el anverso de la Sábana, pero Giulio Fanti, de la Universidad de Padua, ha empleado un novedoso enfoque: ha mirado la parte de atrás.

Y... ¿adivinan? Sí, en efecto: ha descubierto algo. Nada menos que un rostro humano. Una cara que, para evitar confusiones con la del anverso, podríamos llamar “Cara B”.

Hay que reconocer que los trazos ayudan mucho a que "veamos" la Cara B.

La “Cara B” de la Sábana es, por supuesto, muy vaga e imprecisa. Como cualquier otro de esos fantásticos detalles que los sindonólogos han ido descubriendo en el lienzo. Sin embargo, para su descubridor la nariz, los ojos, el pelo, la barba y el bigote son claramente visibles. Y aunque a la vista de las borrosísimas fotografías que se han publicado uno pudiera tener dudas de que eso sea siquiera una cara, el animoso Fanti se atreve incluso a analizar sus diferencias con respecto al rostro del frontal (la “Cara A”, para entendernos): “hay unas pequeñas diferencias con la cara del lado frontal del manto. Por ejemplo, la imagen de la nariz al dorso muestra que las dos fosas nasales son del mismo tamaño, a diferencia de la imagen del frente". Estas diferencias, así como el hecho de que la impronta de la cara es superficial (y milagrosa, parece añadir), permiten a Fanti, como buen sindonólogo, dar por sentado que hay que descartar que esta “Cara B” se haya formado porque la pintura de la “Cara A” haya traspasado el lienzo, o como consecuencia de un primer intento fallido del artista medieval que elaboró la reliquia.

Con lo cual, naturalmente, nos queda una nueva duda: si no es de Jesucristo, ¿de quién es ese nuevo rostro barbudo, la “Cara B”? ¿Se trata del archiconocido –y archirrepetido- retrato del Ché Guevara? ¿Es acaso la imagen de Mariano Rajoy? ¿O quizá hayamos dado por fin con el escondite de Osama Bin Laden?

¿O tal vez, siguiendo con una acendrada tradición sindonológica, habrá que concluir que es la cara del Pato Donald?

 

 

Nota: En realidad, las declaraciones de Giulio Fanti a la prensa no se corresponden con lo que afirma en su artículo “The double superficiality of the frontal image of the Turin Shroud”, publicado en “Journal of Optics A: Pure and Applied Optics”. En este artículo Fanti y su coautor, Roberto Maggiolo, apuestan decididamente por la coincidencia entre las imágenes frontal y posterior de la Sábana Santa. Sin embargo, siguen manteniendo a capa y espada la tesis de la “doble superficialidad”: tratándose en ambos casos de imágenes fotográficas –según sostienen- la profundidad de penetración de cada una de ellas en el tejido es muy inferior al grosor del propio tejido.

Una tesis que sigue apelando a la explicación maravillosa, pero que resulta mucho menos estrambótica, algo más aceptable para una revista científica, y sobre todo mucho más acorde con el principio de parsimonia: permite prescindir de la idea de una segunda imagen distinta y, por lo tanto, correspondiente a una segunda persona.

O al Pato Donald.

 

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