
El Estilita
Contaminación lumínica
(Publicado en el diario Información el 01-07-03)
Una noche cualquiera
de verano. Estamos en Relleu, a unos cuantos kilómetros de la costa, a buena
altitud, y rodeados de montañas. Consultamos las efemérides, apuntamos el
telescopio... y en vez de Urano, lo que vemos es el resplandor de las ciudades
costeras, que invade medio cielo.
Según el Antiguo
Testamento, Dios prometió a Abraham una descendencia tan numerosa como las
estrellas del cielo. Una promesa en apariencia impresionante, aunque en realidad
no lo era tanto: en aquella época podían contemplarse, en una noche despejada,
seis o siete mil estrellas. Pero ese número era suficiente como para marear al
más pintado, y el cielo nocturno constituía, sin duda, un espectáculo
grandioso.
Hoy ya no lo es. En
algunos rincones montañosos del interior se pueden llegar a contemplar unas
cuatro mil estrellas, pero lo normal es que nos contentemos, incluso en Relleu,
con ver un par de miles. Y si estamos dentro de una ciudad, ni eso siquiera: según
una encuesta, la mayoría de los niños ignoran por completo qué es la Vía Láctea
sencillamente porque nunca la han visto, y no es raro que incluso en una noche
aparentemente despejada y limpia nos tengamos que contentar con un par de
docenas de estrellas lo suficientemente brillantes como para que su luz
sobreviva a la nuestra. De hecho, si Abraham viviera en nuestros días, la
promesa divina le habría parecido poco menos que un diagnóstico de
esterilidad.
Porque el problema
no son solo los millones de metros cúbicos de porquería que la civilización
humana lanza al aire todos los días. El problema fundamental es que, además,
derrochamos la luz de tal manera que nuestras farolas, que se supone deberían
iluminar el suelo, hacen resplandecer la humedad, el polvo y la polución atmosférica,
hasta el punto de que ese resplandor nos impide ver las estrellas. Es lo que se
llama “contaminación lumínica”.
Una contaminación
que alcanza cotas alarmantes, sencillamente porque somos así de manirrotos. Un
globito esférico probablemente quede más mono que una farola con su
correspondiente visera, y los focos incrustados en el suelo que solo sirven para
deslumbrarnos si tenemos la ocurrencia de mirar hacia abajo son sin duda la última
moda en diseño. Pero son, también, unas auténticas máquinas de tirar el
dinero: la mayor parte de su luz se pierde hacia arriba, y solo un porcentaje ínfimo
sirve de verdad para iluminar. Lo cual, a su vez, supone haya que instalar más
farolitos y más focos para hacer lo mismo que se lograría con muchos menos
puntos de luz, y menos estéticos, pero mucho más eficaces.
Se calcula que,
entre unas cosas y otras, más del 65 % de la luz de nuestros sistemas de
alumbrado público (y, por tanto, el mismo porcentaje del consumo eléctrico) se
pierde inútilmente en el aire. Un aire tan saturado de partículas y de humedad
que refleja esta luz, privándonos del espectáculo del cielo.
La contaminación
lumínica es un grave problema para los astrónomos profesionales, que tienen
que montar sus instalaciones en lejanos desiertos y zonas casi inaccesibles. Y
también los aficionados: la Asociación Valenciana de Astronomía ha tenido que
instalar su telescopio nada menos que en Aras de Alpuente, porque el resplandor
de las ciudades hacía que cualquier ubicación más próxima a Valencia fuera
completamente inútil.
Pero en realidad
debería preocuparnos a todos. No solo por los trastornos que supone para el
medio ambiente (por la necesidad de producir más electricidad para hacer frente
a ese consumo extra, o la práctica eliminación de la oscuridad que muchos
animales necesitan para vivir y alimentarse). Ni tampoco por el gasto económico
que supone derrochar tanta energía.
También porque es una pena que nos perdamos el espectáculo del cielo estrellado. Que, aunque cada vez sea más difícil de contemplar, es uno de los más maravillosos que aún existen. Ojalá nuestros descendientes aún puedan verlo.
II/04