
El Estilita
El linchamiento
(Publicado en el diario Información el 21-09-03)
Según el
diccionario, la palabra “linchar” significa ejecutar tumultuariamente y sin
proceso a un sospechoso o un reo. El término procede de un juez norteamericano,
Charles Lynch, que por lo visto popularizó este expeditivo método de
“justicia” en el Oeste de los EE.UU. a mediados del siglo XIX.
Las películas
(sobre todo los “westerns”) nos han enseñado en muchas ocasiones cómo se
llevaba a cabo un linchamiento. Generalmente la cosa empezaba con algún
exaltado pidiendo a gritos justicia (aunque en realidad lo que pedía era
venganza, por supuesto); su furia se contagiaba a la multitud hasta que una masa
de gente, armada de antorchas, asaltaba la cárcel, agarraba al atracador de
bancos, ladrón de ganado o infeliz de turno, lo subía a un caballo, le pasaba
la soga por el cuello y lo colgaba, como decían las viejas sentencias del juez
Lynch, “hasta morir”. Que es, más o menos, lo que sigue ocurriendo en
lugares lejanos, tercermundistas y casi podríamos decir que salvajes, a tenor
de esas imágenes de linchamientos con las que de vez en cuando nos obsequian
los telediarios.
Pero esas cosas,
afortunadamente, no ocurren ya en nuestra civilizada sociedad, ¿verdad?
Hace un par de
años, Dolores Vázquez fue juzgada como responsable del asesinato de la joven
Rocío Wanninkhof. Su juicio contó con todas las garantías propias de un
Estado democrático y de Derecho como el nuestro. Más aún: el veredicto (de
culpabilidad) fue dictado por un jurado popular, que para muchos es algo así
como el epítome de la Democracia en acción.
Pero el juicio tuvo
que ser anulado. Y no porque se produjera ninguna irregularidad en el transcurso
del proceso, o porque la administración de Justicia actuara con parcialidad, ni
nada por el estilo. Simplemente fue porque el veredicto del jurado era
disparatadamente contradictorio. En resumidas cuentas, los ciudadanos habían
considerado demostrado que Dolores Vázquez era la autora del asesinato, a pesar
de que las pruebas que se habían presentado contra ella no eran convincentes en
absoluto. Pero claro, es que en realidad no les hacían falta pruebas: les
bastaba con el bombardeo al que, desde hacía meses, los medios habían sometido
a la sociedad hablándonos de lo malvadísima que era esta señora.
Ahora, a propósito
de ese crimen y de otro muy semejante, el de Sonia Carabantes, estamos
asistiendo de nuevo a un linchamiento mediático. Tony Alexander King, un
ciudadano inglés, ha sido detenido, y los primeros indicios parecen señalarle
como responsable de este último asesinato; las Fuerzas de Seguridad investigan
si está también relacionado con el primero. Pero algunos medios no han
esperado a que se conozcan los resultados de esas investigaciones: los programas
de televisión más sensacionalistas ya lo han enfilado, y le señalan como
cómplice de Dolores Vázquez (una presa que se resisten a soltar), probable
asesino de María Teresa Fernández (una joven de Motril que desapareció hace
ahora tres años) y, si me apuran, autor material de la cogida y muerte de
Manolete.
Con lo cual parece
que nos encaminamos a una repetición de la historia. Aún no sabemos si este
individuo es o no un asesino; si ha cometido un crimen, varios o una multitud.
Pero va a dar exactamente igual: esos medios ya lo han ejecutado
“tumultuariamente y sin proceso”, y solo basta que un jurado de ciudadanos
corrientes certifique su culpabilidad. Cosa que, a este paso, ocurrirá sin
ninguna duda, puesto que esos ciudadanos, como cualesquiera otros, ven la tele,
escuchan la radio y leen la prensa.
Y puede que hasta tengan razón, que este tipo sea culpable y que acabe dando con sus huesos en la cárcel con todo merecimiento. Pero, ¿saben?, personalmente preferiría que lo sometieran a un juicio justo, correcto e imparcial, en vez de colgarlo en la plaza pública del papel couché y los programas televisivos de sobremesa. Creo que nos quedaríamos todos con la conciencia mucho más tranquila. Aunque algunos periodistas sin escrúpulos tengan que renunciar a su papel de imitadores del juez Lynch.
II/04