
El Estilita
Palabras mal elegidas
(Publicado en el diario Información el 02-11-03)
Quizá hayan escuchado ustedes alguna vez “No es un día cualquiera”, el programa que Radio Nacional emite los sábados y domingos por la mañana, y que acaba de ser galardonado con un Premio Ondas. Entre otras secciones, “No es un día cualquiera” incluye un pequeño espacio en el cual, los sábados a las doce y media, destacados científicos y divulgadores se dedican a desmontar pequeños y grandes mitos que nos rodean: desde el bulo que afirma que la llegada del hombre a la Luna fue en realidad un montaje hasta las tonterías pseudoarqueológicas con las que nos obsequian los vendedores de misterios prefabricados, pasando por el Triángulo de las Bermudas, los ovnis... o los peligros de la telefonía móvil, que fue el tema que abordó el otro día Ferrán Tarrasa Blanes.
Ferrán Tarrasa es doctor ingeniero industrial y un ameno comunicador, así que no tuvo demasiados problemas para dar una pequeña lección magistral sobre la diferencia entre las radiaciones ionizantes y no ionizantes, la cantidad de radiación que emiten los teléfonos móviles y los estudios científicos realizados hasta la fecha. Explicó con toda claridad la forma en la que emiten los repetidores de telefonía móvil, esos artefactos demoníacos contra los que muchas veces protestan quienes viven en los edificios en los que están instalados, ignorando por lo visto que, dado que los repetidores radian hacia los lados, quienes menos expuestos están a sus maléficos influjos son quienes viven justo debajo. En fin, que Ferrán Tarrasa puso de manifiesto una vez más la poca consistencia que tiene ese terror a la radiación de los móviles que parece haberse instalado en nuestra sociedad.
Y sin embargo, su exposición fue perfectamente inútil. Por un detallito: una palabra mal elegida.
Hace unos años la bióloga Mónica Fernández-Aceytuno escribió que una de las razones para que exista desconfianza y miedo hacia los alimentos transgénicos es precisamente su nombre: la palabra “transgénico” basta para erizar los pelos del bigote hasta al más pintado. Y el problema de los móviles es también, en buena parte, el mismo: por mucho que nos digan, nos expliquen y nos demuestren, en el fondo seguiremos sintiéndonos incómodos al oir que por la antena de los aparatitos lo que sale es “radiación”.
Estrictamente hablando, “radiación” es simplemente una energía que se propaga radialmente en forma de ondas. Nada más. La radiación puede ser de algo bueno o malo, pernicioso o inofensivo, pero el hecho de que se llame así no tiene nada que ver con su grado de peligrosidad. De hecho, tan radiación electromagnética es una dosis masiva de rayos X como la luz de una humilde vela. Pero el tiempo ha hecho que se transforme en una mala palabra, en una especie de augurio de terribles males. Probablemente se trate tan solo de una confusión: la palabra “radiación” se parece demasiado a “radiactividad”, así que tendemos a identificar una cosa con la otra. Y aunque ni la radiación electromagnética tenga nada que ver con la radiactividad, ni esta sea necesariamente peligrosa, basta esa identificación inconsciente para meternos miedo.
Y para que se den paradojas curiosas, como la de ese partido político que hace unos meses presentó al mismo tiempo su enésima campaña contra las antenas de telefonía móvil y la nueva red informática inalámbrica de su sede. El hecho de que tanto los móviles como las redes inalámbricas funcionen a base de radiación electromagnética no parecía importarles demasiado (de hecho, quizá ni siquiera lo supieran), así que en el mismo acto pudieron presumir tranquilamente de su compromiso con la erradicación de la exposición a los campos electromagnéticos y con las nuevas tecnologías.
La radiación de la telefonía móvil no es muy diferente de otras radiaciones electromagnéticas, como la luz visible o las ondas de radio. No es muy potente, no es ionizante, y aunque ha sido objeto de gran cantidad de estudios científicos, hasta ahora no parece tener efecto nocivo alguno. Pero le falla el nombrecito. Y hasta que a alguien no se le ocurra llamar de otra manera a la radiación, me temo que vamos a seguir todos aterrorizados simplemente por una palabra mal elegida.
II/04