
El Estilita
Fahrenheit 451
(Publicado en el diario Información el 07-12-03)
En
“Fahrenheit 451”, Ray Bradbury nos muestra una sociedad opresiva en la que
se considera peligroso leer. La novela cuenta la historia de un peculiar
“bombero” cuya misión no es apagar incendios, sino encenderlos, quemar
cuantos libros encuentre. Frente a esta situación, un grupo de rebeldes lucha
por mantener la cultura con el único medio que tienen a su alcance: leer los
libros y memorizarlos antes de que los “bomberos” los destruyan.
Seguramente
a muchos nos parecerá que las quemas de libros son algo que pertenece a la
ficción de Bradbury, a los tiempos pasados de la intolerancia religiosa o política,
o a los extremismos de algunos países islámicos. Las llamas producidas cuando
el papel alcanza esos 451 grados Fahrenheit las hemos visto en películas sobre
la Edad Media o la Inquisición, en viejos documentales de la Alemania nazi o en
noticias del telediario sobre este o aquel régimen islamista, pero sin duda son
ajenas a nuestra sociedad occidental, moderna, civilizada y tolerante, ¿verdad?
Pues
no. Sin ir más lejos, en la cabeza de esa sociedad occidental, los Estados
Unidos, siguen quemándose libros. Metafóricamente, mediante su censura o la
retirada de bibliotecas públicas, e incluso realmente, con vistosas hogueras en
las que el fuego purifica las palabras consideradas peligrosísimas e incluso
subversivas. La situación ha llegado hasta tal punto que las asociaciones
norteamericanas de libreros han empezado a celebrar anualmente una “Semana del
Libro Prohibido” para fomentar el derecho de que cada uno pueda leer lo que le
dé la real gana.
A
estas alturas parece increíble que en el país considerado como adalid de las
libertades haya que protestar contra la censura. Pero es que la cosa resulta aún
más esperpéntica si echamos un vistazo a algunos de los títulos incluidos en
ese nuevo Índice del Santo Oficio. Veamos, veamos.
La
lista la encabezan, desde hace ya varios años, unos libros que deben ser
absolutamente terroríficos, perniciosos para cualquier persona y especialmente
para las mentes de los tiernos infantes norteamericanos: la serie de Harry
Potter. Para millones de chavales de todo el mundo los libros de Janet Rowling
son una maravillosa introducción a la lectura; para los fundamentalistas
norteamericanos promueven la hechicería y la magia, su temática es ocultista y
contraria a los valores familiares y religiosos, y su inspiración demoníaca es
tan evidente que en muchos lugares los han exorcizado, rociado con agua bendita
y luego purificado mediante el fuego.
No
ha llegado a tanto la cosa con “¿Dónde está Wally?”, un librito en el que
los niños se entretienen en buscar al tal Wally entre una multitud de
personajes dibujados. Un pasatiempo que podría parecer inocente, pero que no lo
es: en una de las láminas, los ojos de los tiernos infantes corren el riesgo de
posarse en el dibujito de una señora que toma el sol en la playa en “top less”.
Aunque en tal caso es evidente que los nenes irían al infierno de cabeza, no
parece que hayan llegado a quemar los libros: se han limitado a retirarlos de
algunas bibliotecas públicas.
Y,
ya puestos, también han retirado dos obras de Mark Twain, “Las aventuras de
Tom Sawyer” y “Las aventuras de Huckleberry Finn”. Se les acusa de
promover el racismo, cosa que le hubiese hecho muchísima gracia a Mark Twain,
que ya vio cómo en 1885 ambas novelas fueron prohibidas en las bibliotecas públicas
por promover la tolerancia y la integración racial.
La
lista es interminable: “Un Mundo Feliz”, de Aldous Huxley, “La Casa de los
Espíritus”, de Isabel Allende, “El Señor de las Moscas”, de William
Golding, “Los Pilares de la Tierra”, de Ken Follett, la conmovedora
“Flores para Algernon”, de Daniel Keyes, las obras en bloque de Jean M. Auel
o Stephen King... Así, hasta cerca de diez mil títulos.
II/04