El Estilita

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La otra estrella

(Publicado en el diario Información el 11-01-04)

 

Tanto follón por una piedra. Y, además, no muy grande: probablemente de unas decenas de centímetros de diámetro, quizá menos. Seguramente una piedra tan pequeña no ha resultado tan sonada desde que David le dio un cantazo en la cabeza al pobre Goliath. Hablo, naturalmente, de ese bólido que cruzó los cielos de media España hace una semana. Justo cuando esta columna –qué cosas- hablaba de la estrella de Belén.

A estas alturas seguro que ya todos sabemos lo que es un bólido: una piedra que cruza velozmente la atmósfera de nuestro planeta. En realidad es un fenómeno muy habitual: todas las noches, desde cualquier lugar oscuro, es posible ver unas cuantas de las llamadas “estrellas fugaces”, partículas diminutas que dejan una estela brillante debido a que el rozamiento con el aire de nuestra atmósfera las pone incandescentes. Las estrellas fugaces, debido a su pequeño tamaño, se vaporizan casi inmediatamente y desaparecen, pero los objetos más grandes pueden resistir mejor el calos; en función de su trayectoria, cabe la posibilidad de que caigan al suelo (en cuyo caso los llamamos “meteoritos”) o incluso que vuelvan a salir de la atmósfera, dejando tan solo la imagen de una bola de fuego cruzando el cielo: son los llamados “bólidos”. Que tampoco son muy inusuales: cada pocos meses las redes internacionales de detección de bólidos fotografían alguno de ellos. Lo que es raro, en cambio, es que tengamos la ocasión de contemplar uno tan brillante como para que resulte visible a plena luz del día.

El bólido del domingo pasado ha resultado ser una excelente excusa para que los medios de comunicación nos hablen un poco de astronomía, de los objetos celestes, de los asteroides y cometas... Algunos, incluso, han aprovechado la ocasión para difundir una fotografía fascinante que entre las imágenes de Marte enviadas por la misión “Spirit” ha pasado casi inadvertida: el núcleo del cometa Wild-2, fotografiado por la sonda espacial “Stardust”. Una enorme bola de “nieve sucia” que ha permanecido prácticamente inalterada desde la formación del Sistema Solar, hace más de cuatro mil quinientos millones de años. Nada menos.

Sin embargo, pocos han meditado sobre otro aspecto curioso de esta noticia. Demos un repaso. Un bólido cruza el cielo en pocos segundos. Tan pocos, que la mayoría de la gente que estaba al aire libre en ese momento ni siquiera lo vió. Y, sin embargo, el del otro día fue avistado por miles de personas: espectadores de un partido de fútbol, gente que paseaba por el campo, automovilistas y camioneros... Una bola de fuego cruzando el cielo puede pasar inadvertida para mucha gente, pero no para todo el mundo.

Comparemos ahora esto con lo que ocurre con los avistamientos de ovnis. Algunos son francamente espectaculares: bolas de intensa luminosidad, platillos volantes evolucionando por el cielo durante minutos e incluso horas... Hay quien ha informado de que ha visto venir del cielo y aterrizar a su lado una nave alienígena de decenas, incluso de centenares de metros. “Inmenso como una plaza de toros” o “grande como un edificio de veinte plantas” son frases muy utilizadas por los testigos de avistamientos de supuestas naves extraterrestres.

A pesar de lo cual, resulta que no hay más testigos que ellos. Un tipo puede decir tranquilamente que vio aterrizar un ovni de más de quinientos metros de diámetro junto a una carretera nacional y que solo lo vió él. O que una inmensa bola luminosa se paseó durante varios minutos sobre una concurrida ciudad sin que se diera cuenta nadie más que el testigo de turno. Suena un poco ridículo, pero después de lo del domingo pasado es poco menos que patético. Si un bólido cruzando rápidamente el cielo es observado por miles y miles de personas, y en cambio un platillo volante que revolotea durante varios minutos solo es visto por un par de personas, ¿a qué se debe? ¿A un ataque selectivo de ceguera provocado por los extraterrestres? O, simplemente, a que lo que diferencia al bólido del ovni es que aquél es real?

El cielo está lleno de misterios y de espectáculos maravillosos. Lo hemos dicho muchas veces, y el bólido del domingo pasado ha venido a confirmarlo: realmente no hace falta que nos inventemos visitas de marcianos para fascinarnos con él.

 

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II/04