
Los Incunables
|
|
Las hadas de Conan Doyle
El creador de Sherlock Holmes, un ferviente espiritista, llegó a creer que los míticos seres del bosque existían, que eran “formas de vida que se han desarrollado por una línea de evolución diferente”
Nuestra imagen de Sherlock Holmes es
el epítome de la racionalidad. Utilizando un portentoso cerebro, unas
impresionantes dotes de observación y un amplísimo bagaje de conocimientos
científicos, el detective de Baker Street resolvía casos extraños con una
facilidad asombrosa. Casi podría calificársele de detractor: un
periodista de lo paranormal no hubiese vacilado en atribuir a los
extraterrestres los crímenes del Páramo Misterioso y, sin duda, habría
identificado las correrías del sabueso de los Baskerville con los ataques del
temible chupacabras.Con todo esto, uno podría pensar aquello de “de tal astilla, tal palo”, y suponer que sir Arthur Conan Doyle, padre literario del detective más famoso del mundo, sería también un frío y racional escéptico. Y nada más lejos de la realidad. Sir Arthur era un fervoroso creyente en el espiritismo, la telepatía, la telequinesia, los fantasmas, los fenómenos paranormales... y las hadas. De hecho, si hubiese vivido unos cuantos años más -falleció, o, mejor dicho, abandonó este plano físico, en 1930-, habría defendido, sin la menor duda, las visitas de marcianos, la efectividad del toque terapéutico o cualquier otra superchería que se le hubiese puesto por delante. Su irracionalidad llegó al extremo de echar a perder una magnífica amistad con el Gran Houdini porque el escapista se negaba a admitir que sus trucos eran, como sostenía Doyle, manifestaciones de sus facultades paranormales.
Hoy en día, el espiritismo ha pasado a la historia, y ya nadie cree en las hadas -bueno, casi nadie; si yo les contara...-. Sin embargo, la editorial Hesperus nos brinda la extraordinaria posibilidad de leer El misterio de las hadas, un precioso ensayo de Doyle que sólo se diferencia de cualquier libro sobre ovnis o piramidología en el objeto de estudio y, desde luego, en una calidad literaria infinitamente superior.
La llegada de las hadas
|
E. L. Garden, miembro del Comité Ejecutivo de la Sociedad Teosófica. |
El misterio de las hadas -originalmente, The coming of the fairies- fue publicado en 1923, pero empezó a gestarse en 1920, con motivo de la aparición de dos fotografías de hadas obtenidas en 1917 en la localidad inglesa de Cottingley por las primas Elsie Wright y Frances Griffiths -supongo que algún numerólogo encontraría estos intervalos de tres años altamente significativos, por lo menos-. La historia de las fotos es ya muy conocida, y pueden leerse crónicas mejores que la que yo podría hacer en Fraudes paranormales, de James Randi, o La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso, de Martin Gardner. A modo de resumen, me limitaré a contar que Elsie y Frances crearon estas dos fotografías por el sencillo expediente técnico de dibujar unas hadas y gnomos en cartulina, recortarlas y plantarlas en el suelo mediante alfileres para el pelo, como contó la propia Elsie en 1983. Tras conocerse las fotos, se armó tal revuelo, con la participación de personas tan prestigiosas y conocidas como el propio Sir Arthur, que las chicas se vieron presionadas y realizaron otras tres fotografías con el mismo método, si bien en una de ellas se produjo una doble exposición accidental que da a la imagen -de un supuesto nido de hadas- un aspecto aún más etéreo y misterioso.
Con la perspectiva que da el tiempo, uno se asombra de que estas fotografías colaran; aunque, la verdad, el hecho de que la tapa de aspiradora de Adamski o las maquetas mal enfocadas de Billy Meier hayan traído de cabeza a tantos ufólogos nos muestra cuán cierto es aquello de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. La falta de profundidad de las figuras, consecuencia lógica de ser recortes de cartulina, ya había sido notada, por ejemplo. Sin embargo, el ansia por creer mueve montañas, y la propia May Bowler, una de las damas teosofistas que escribieron a Doyle sobre el asunto y que menciona ese “aire artificial y sin relieve”, sugiere que su explicación “tal vez se deba a la ausencia de sombra”. Cosa que remacha el propio Doyle: “En cuanto a la objeción de los fotógrafos de que las formas de las hadas proyectan sombras muy distintas de las de los humanos, responderemos que los ectoplasmas, como suele llamarse a los protoplasmas etéreos, tienen una débil luminosidad característica que modifica considerablemente las formas”. Vamos: una explicación maravillosa, y asunto zanjado.
Otro
detalle significativo es que las figuritas son completamente estáticas, como se
puede observar sobre todo en la primera foto, en la que una pequeña cascada
aparece muy borrosa como consecuencia de una notable sobreexposición, pero las
hadas parecen quietas en el aire. Sir Arthur nos proporciona un buen número de
explicaciones contradictorias, que van desde que “los movimientos de las hadas
son extremadamente lentos” hasta que el cuerpo de las hadas “es en principio
de naturaleza puramente etérea y plástica”, diferente de la de los “mamíferos
con estructura ósea”, lo cual explicaría que en vez de bailar, como haría
una Isadora Duncan cualquiera, se dediquen a componer figuras, como hacía el
negro de la película Amanece, que no es poco cuando se llevaba a las
cabras al monte para “hacer estampas de masai”. Pero, con mucho, la
explicación más citada consiste simplemente en negar la mayor: todos los
expertos, asegura repetidamente Doyle, afirman que las fotos “muestran a las
hadas en movimiento”. Como a estas alturas ya es tarde para desear que santa
Lucía conserve la vista a aquellos expertos, no nos queda sino rogar porque su
próxima reencarnación no sea en un topo o algún otro animalito con similares
problemas de visión.
En realidad, todo el libro está plagado de los típicos razonamientos de esos ufólogos a los que la lógica les importa un pito. La circunstancia de que Elsie, la mayor de las niñas, hubiese estado trabajando en un estudio de fotografía y como dibujante para una joyería -en una época en la que las imágenes de danzarinas eran el motivo decorativo por excelencia- es minimizada por Doyle, porque, al fin y al cabo, su madre dice que “era una niña que no había mentido nunca”. El hecho de que la chica, en la época en la que Doyle estudió las fotos, se encontrase trabajando en una manufactura de tarjetas de Navidad -que se hacían mediante dibujos o fotos retocadas a mano- ni siquiera merece un comentario para el astuto investigador. Los retratos de Elsie por sus profesores, que la definen como una chica “muy imaginativa”, la propia afición de la niña por la pintura o la inconsistencia del relato de las muchachas -que terminaba con un enigmático “usted no puede entenderlo”- no hacen que sir Arthur sospeche de la falsedad de las fotos. Al fin y al cabo, ya en su prefacio pide a los lectores “que no se dejen engañar por el sofisma consistente en decir que, puesto que un profesional del fraude que sea diestro en el arte de la falsificación puede reproducir un objeto semejante al original, también éste, por consiguiente, se ha obtenido de manera fraudulenta”. Un argumento que podría haber firmado cualquier divulgador de lo paranormal.
Los medios más avanzados
De lo dicho hasta ahora, puede parecer que sir Arthur realizó una investigación
chapucera y motivada por su desmedida fe en la existencia de las hadas. Nada más
lejos de la realidad. El escritor, que confiesa ser “más bien escéptico por
naturaleza” -en un eco del “me negué a creer aquello durante horas” que
emplea Juan José Benítez justo antes de contarnos que se ha creído el
disparate más esperpéntico-, no duda en utilizar los medios más sofisticados
en su búsqueda de la verdad. Así, por ejemplo, encarga a alguien que
identifica con el pseudónimo de señor Lancaster que efectúe sus propias
averiguaciones. El tal Lancaster era un “espíritu crítico”, lo cual le
otorgaba, sin duda, una gran imparcialidad; pero además tenía la enorme
ventaja de no necesitar recorrer miles de kilómetros para investigar: podía
hacerlo desde el sillón de su casa, ya que poseía “considerables dotes de
clarividencia”. Y era un experto en el tema: “Afirmaba que a menudo había
visto hadas con sus propios ojos”. De todos modos, Lancaster da un paso más
en la sofisticación de la investigación, y no utiliza sus propios ojos, sino
otros aún más cualificados: los de su espíritu guía.
Pero, ¡ay!, resulta que el espíritu guía, desde su plano etéreo, ve que “la foto fue tomada por un hombre rubio, de baja estatura, con el pelo peinado hacia atrás; tiene un estudio con un montón de cámaras fotográficas, de las que algunas funcionan con manivela”. ¿Evidencia de un trucaje? ¡En absoluto! Doyle nos aclara que estas palabras, “a grandes rasgos”, se refieren “al señor Snelling y su entorno, el mismo caballero que había tenido en sus manos los negativos, los había sometido a peritaje y había sacado ampliaciones”, y que, como nos dice en otro pasaje, “ha prestado un inmenso servicio al estudio de la parapsíquica”.
No obstante, el escepticismo de sir Arthur era de los de mente cerrada, así que sometió el fenómeno a más comprobaciones científicas. Esta vez fue el señor Sergent, otro pseudónimo de un personaje “que durante la guerra había sido oficial de carros de combate, hombre incapaz de hacer la comedia y que, por otra parte, no hubiera tenido ningún motivo para hacerla. Desde hace tiempo, este hombre posee el envidiable don de la clarividencia en grado extremo...” Con tan excelente cualificación, el tal Sergent acude al bosque de Cottingley en compañía de las niñas, y describe tal cantidad y variedad de seres feéricos que, más que la campiña inglesa, aquello parecía el primer día de rebajas en El Corte Inglés.
De la más absoluta credibilidad
Las fotos de Cottingley se complementan con multitud de testimonios, todos ellos
procedentes de personas de la más absoluta credibilidad: Doyle las describe
como “un hombre de honor, responsable y equilibrado” o una persona de
“serias actividades, sentido práctico y personalidad viril”, o “una dama que organiza trabajos de importancia”, sea esto último lo
que sea. En definitiva, personas todas “llenas de sentido común, con los pies
en el suelo y que triunfan en la vida”. Eso sí: todos ellos “están en la
vanguardia de la ciencia”: al fin y al cabo, se trata de “uno de los
videntes más dotados de Inglaterra”, un médico “que ha tenido experiencias
en la frontera de lo objetivo y lo subjetivo”, un “conocido zahorí” o una
dama que ha “tenido el valor de hacer públicos los efectos de sus notables
facultades parapsíquicas”. Vamos, que sólo falta el testimonio de un piloto
-el testigo de élite por excelencia- para que tengamos el cuadro
perfecto. Por si esto fuese poco, estos testimonios son perfectamente
corroborables. Al menos, según la lógica pseudocientífica. Cuando, por
ejemplo, la señora Tweedale afirma haber visto a un elfo haciendo cabriolas
sobre una hoja de lirio, “en la descripción del lirio que se dobla, tenemos
un elemento objetivo que no puede tacharse de alucinación, y me parece que la
aventura de la señora Tweedale constituye un argumento positivo
impresionante”.
Los testimonios, con todo, no son absolutamente perfectos. De uno de ellos, sir Arthur reconoce que “la presencia de caballos no pega demasiado bien con el cuadro”, y otro de los testigos “comete un error al imaginar que los sílex tallados en forma de punta de flecha son realmente pernos de hadas”. Pero, aun así, son más que suficientes como para demostrar la existencia de “estas formas de vida que se han desarrollado por una línea de evolución diferente”: hay “que tener en cuenta un margen de error en los detalles.”
Tan inatacables son esos testimonios, que el escéptico Doyle se permite incluso darnos una explicación con todo el sabor racionalista: “La tesis según la cual los círculos mágicos que aparecen tan a menudo en el suelo de prados o terrenos pantanosos están formados por las huellas de pasos de hadas es indudablemente inexacta. Estos círculos se deben indiscutiblemente a setas”. Pero que nadie se asuste, que sir Arthur no ha perdido la fe. Prosigue diciendo que, “aunque no sean obra de hadas, puede asegurarse que, una vez formados los círculos, sea cual sea su procedencia, ofrecen un recorrido encantador para un corro de danza. Desde siempre, se ha relacionado a estos círculos con las danzas de los pequeños espíritus”.
El estudio biológico de los habitantes del bosque
Una
vez establecida, sin la menor duda, la existencia de las hadas, cabría
preguntarse qué son y qué hacen. Afortunadamente, sir Arthur nos contesta. Se
trata, en efecto, de seres corpóreos, pero cuyos cuerpos son de una densidad
“de naturaleza más ligera que el estado gaseoso”, aunque no inmateriales.
Se trata de seres vivos, “más bien relacionadas con los lepidópteros o con
la mariposa, que tan familiar nos resulta, que con la familia de los mamíferos”.
En cuanto a su función dentro de la naturaleza, es ni más ni menos que cuidar
de las plantas. De hecho, se nos recuerda que “las flores, cortadas y cuidadas
por una persona determinada, permanecen hermosas y frescas durante largo tiempo,
mientras que en manos de otra persona viven poco tiempo”. ¿Por qué? Pues,
simplemente, porque si uno es bueno, sus sentimientos “tienen un efecto seguro
en los espíritus de la naturaleza, directamente responsables del cuidado de las
flores”. Así que ya sabe, amigo lector: si está saliendo con una chica, regálele
flores; si le duran mucho tiempo frescas, es que su dulce carácter complace a
las hadas y a los gnomos. Así le ocurrió a una dama de Nueva Zelanda que, tras
transplantar un bulbo de narciso, y previa petición a las hadas que cuidaban de
su jardín, pudo observar “en el tiesto a un hada vestida de verde, a veces
incluso a dos o tres, debajo de la planta, y no sé qué le hacían durante la
noche, pero a la mañana siguiente había crecido mucho, y pese a estar
trasplantada, la planta floreció tres semanas antes que las del jardín”.
En las últimas páginas del libro sir Arthur -que debió pensar algo así como que “ya puestos, vamos a soltarlas todas”- nos hace todo tipo de revelaciones curiosas. Quizá la mejor de todas sea la de los colores de las hadas, que varían según la zona de la que provengan y que en algunos casos llegan a llevar “listas de rayas verdes y amarillas, como una camiseta de futbolista”. El informador -el obispo Leadbeater, un alto cargo teosofista- llega a indicarnos que existen hadas verdiblancas en el estrecho de Sumatra. Lamentablemente, sus pesquisas no le llevaron a España, donde probablemente habría admirado hadas rojiblancas, elfos azulgranas, y gnomos vestidos de blanco y portando siete pequeñas copas de plata…
En definitiva, estamos ante una auténtica joya literaria. Un libro que, aunque no pueda proporcionar pruebas de la existencia de las hadas “tan perfectas como en el caso de los fenómenos espiritistas”, al menos nos garantiza pasar un buen rato comprobando que, incluso antes de que aparecieran los ovnis, el mundo ya estaba, como dice la película, “lleno de primos”. Y, encima, nos mueve a un sentimiento tan humano como el de la compasión: si una persona tan indudablemente inteligente como sir Arthur Conan Doyle era capaz de autoengañarse de este modo, ¿qué derecho tenemos a condenar a esos pobres diablos que entretienen nuestra vida con su circo paranormal?
X/2004